Ruth E. Hernández Beltrán.
Los atentados terroristas contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 se cobraron víctimas directas e indirectas que han tenido que aprender a lidiar día a día con el dolor de las heridas emocionales y con las secuelas físicas. Diez años después conviven con el pasado.
Problemas respiratorios, afecciones de la piel, cáncer, dolores de espalda, de estómago… La lista de secuelas que sufren cientos de los que trabajaron en la limpieza tras el derrumbe de las torres es para muchos interminable, y a ellas se suman en algunos casos la soledad, el desempleo y la escasez de recursos económicos, ya que las ayudas que muchos de ellos reciben no cubren las necesidades básicas de una persona, mucho menos de una familia.
Sufrimiento emocional, físico y espiritual. Eso es lo que la fecha del 11 de septiembre significa para miles de personas que perdieron seres queridos y también para cientos de trabajadores en Nueva York, cuando la ciudad y todo el país se prepara para recordar las 2.753 víctimas de aquella fecha, cuando terroristas del grupo islamista Al Qaeda estrellaron dos aviones comerciales contra las Torres Gemelas, ubicadas en el complejo financiero del World Trade Center.
Son muchos los que diez años después de los atentados no han podido sepultar a sus seres queridos porque sus cuerpos nunca fueron encontrados, y muchos restos siguen sin ser identificados, lo que hace aún más doloroso su inesperada y trágica muerte.
UNA HERIDA ABIERTA
Para el puertorriqueño Daniel González es muy difícil hablar de Mauricio sin que el llanto interrumpa sus palabras. Su hijo, un carpintero de 27 años, figura entre las víctimas de ese trágico día, cuando acudió a realizar un trabajo a una de las oficinas ubicadas en la Torre II, la segunda que se desplomó tras el impacto del avión de pasajeros, como ocurrió minutos antes con la otra torre.
Para González, Mauricio era más que un hijo, era también el amigo con el que compartía diversos momentos de su vida, con el que conversaba todos los días, viajaba, y el padre de su única nieta. La llamada que le informó que Mauricio estaba ese día en las Torres Gemelas está fresca en su memoria, al cumplirse el décimo aniversario de la tragedia que cambió la historia de este país.
“En estos diez años a veces hay llanto, a veces alegría, pero es más el llanto y la tristeza que la alegría. Cuando oyes algo de Afganistán, de Irak, de Pakistán, del terrorismo, viene a tu mente que por toda esa gente, por cualquier problema allá, murió mi hijo y muchas otras víctimas”, señala González mientras hace esfuerzos por evitar que las lágrimas vuelvan a aflorar y agrega que él, al igual que muchas otras personas, ha vivido con el dolor que no le deja comer ni dormir “pensando que mi hijo va a entrar y saludar a su mamá”.
“Todos los que tienen valores familiares saben lo que es el dolor y el sufrimiento”, dice y afirma que aunque le complace la muerte este año de Osama bin Laden, autor intelectual de los atentados, eso “no trae a mi hijo de vuelta”. “A Bin Laden lo quitaron del medio, el terrorismo sigue siendo igual, Estados Unidos sigue allá, no se ha arreglado nada. El dolor continúa, gente inocente sigue muriendo”, asegura.
EL SUFRIMIENTO TIENE MUCHAS CARAS

El dominicano Manuel Checo recuerda las "mascarillas de papel, como el usado para colar café" que se deshacía con el calor.
El sufrimiento por las secuelas del 11 de septiembre tiene también el rostro de miles de neoyorquinos que respondieron desde el primer momento a la emergencia que se suscitó en la ciudad como resultado de los atentados contra el famoso centro financiero que quedó reducido a cenizas.
Diez años después mantienen a diario la lucha por superar las secuelas psicológicas y físicas, en algunos casos contra el cáncer, y también para que se les reconozca que esa enfermedad, que poco a poco va minando su salud, es resultado de haber estado expuestos a la contaminación tras el derrumbe de las Torres Gemelas, en labores de rescate, limpieza o seguridad en la llamada “zona cero”.
Datos del “World Trade Center Medical Monitoring and Treatment Program”, que integran varios centros de salud, y creado en 2002 con fondos gubernamentales para brindar atención médica a los afectados por la exposición a la contaminación, revelan que han atendido a más de 66.000 personas en los 50 estados, ya que algunos neoyorquinos dejaron la ciudad tras los atentados terroristas.
Para Alex Sánchez y Manuel Checo, dos de las 40.000 neoyorquinos que trabajaron en la “zona cero”, entre bomberos, policías, personal sanitario y de limpieza, muchos de ellos voluntarios porque la solidaridad se impuso ante la tragedia, el 11-S sólo les evoca sufrimiento, tanto por su lucha por sobrevivir a las enfermedades que han desarrollado y a la situación económica, como por los que han muerto.
Las manchas que ambos tienen en la piel, y que aseguran son resultado de los seis meses que trabajaron entre escombros y cenizas, y la larga listas de medicamentos de los que ahora dependen para vivir, también les recuerda ese fatídico día.
“Llegué a la zona cero a las seis de la tarde del 13 de septiembre de 2001. Trabajé siete días a la semana por 12 y hasta 14 horas diarias durante seis meses sin la protección adecuada, limpié los conductos de aire acondicionado. Quedamos expuestos a niveles masivos de contaminación”, dice Alex Sánchez, de origen dominicano, a quien se le otorgó discapacidad permanente tras diagnosticársele nódulos en los pulmones, enfermedad en las vías respiratorias, gastritis, enfermedad postraumática y dolor en las articulaciones, síntomas que comenzó a desarrollar, al igual que Checo, antes del primer año de los atentados.
Alex, al igual que cientos de otras personas, fue contratado para limpiar toneladas de escombros, que contenían más de 2.500 contaminantes, según han revelado estudios posteriores, provenientes de la destrucción de lo edificios, equipos electrónicos y muebles pulverizados, y en ese momento no importó si eran o no residentes legales.
“COMO VER UNA PELÍCULA DE GUERRA”
Sin embargo, y pese a los interrogantes que surgieron casi inmediatamente sobre la salud de quienes estaban en el corazón de lo que fueron las Torres Gemelas, la entonces directora de la Agencia de Protección Ambiental, Christie Whitman, aseguró a todos que no había de qué preocuparse, lo que luego le enfrentó a duras críticas.
Sánchez y su amigo Checo, también dominicano, recuerdan las “mascarillas de papel, como el usado para colar café” que “se desbarataban con el sudor” con las que se protegieron para limpiar el polvo acumulado en los conductos de aires acondicionados, que respiraron e ingirieron. “No era el equipo adecuado. Había mucho, mucho polvo, destrucción masiva”, señalan al recordar como el primer día el escenario que enfrentaron durante seis meses.
Sánchez, de 44 años y con un niño de 10 años, que precisamente nació en 2001, dice con tristeza que las enfermedades que ahora sufre no le han permitido disfrutar cosas tan sencillas e importantes para un padre como enseñar a su hijo a montar en bicicleta, o estar presente en los dos conciertos en los que participó como músico en el famoso Carnegie Hall.
“Un vecino fue quien le enseñó a mi hijo”, lamenta Sánchez, quien muchas veces tiene que detener el paso para respirar antes de continuar su camino, y que luchó junto a otros trabajadores y familiares de víctimas de la “zona cero” para que el Congreso de EE.UU aprobara la ley “James Zadroga” que lleva el nombre de un policía que estuvo en el epicentro de la tragedia y que murió en 2006 debido a una enfermedad pulmonar.
La ley otorgará compensación económica y fondos para asistencia sanitaria a los enfermos, pero según Sánchez y muchos otros afectados, no les hace justicia. La principal crítica es que excluye a los que sufren de cáncer al no vincular la enfermedad directamente con la contaminación.
Pese a que varios de los que estuvieron allí han muerto, sólo se ha reconocido que tres de ellas fueron resultado por su exposición a la “zona cero” y les incluyeron en la lista oficial.
Checo, que trabajó junto a su amigo en las mismas tareas y condiciones, recuerda que su llegada a la “zona cero” fue como “ver una película de guerra”. A él se le aprobó la discapacidad por las enfermedades que también desarrolló tras haber trabajado en labores de limpieza.
“No soy el mismo hombre de antes, yo era atleta, jugaba sóftbol, baloncesto, y hoy no puedo hacer nada de eso porque no puedo respirar bien”, dice Checo, de 59 años, quien tras perder su apartamento porque no pudo volver a trabajar vivió durante seis meses en su coche, en lo que asegura han sido “los peores días de mi vida” y enfrenta el décimo aniversario “con tristeza por los compañeros enfermos y los que han muerto”.