El caso sobre el suicidio del estudiante de 18 años Tyler Clementi reinstaló el debate sobre el “acoso cibernético” o “cyberbullying”, una modalidad de hostigamiento cada vez más frecuente entre jóvenes, niños y adolescentes.
Horas atrás, se conoció la sentencia que condena al joven de 20 años Dharun Ravi a sólo 30 días de cárcel y 300 horas de trabajo comunitario por haber filmado sin permiso a su compañero de habitación, Clementi, teniendo un encuentro íntimo con otro hombre. Pocos días más tarde, en septiembre de 2010, el joven, ultrajado en su intimidad, se arrojó al rio Hudson desde el puente George Washington.
Ravi, oriundo de la India, invitó a otros jóvenes a través de su cuenta de Twitter a convertirse en espectadores del encuentro, cuya principal (y única) atracción era el hecho de que fuera una relación homosexual.
Lejos de ser ejemplificadora, la sentencia a este joven, quien jamás se mostró arrepentido, no refleja la gravedad del asunto y no ha tenido en cuenta que una persona ha sido inducida al suicidio, por lo que se la ha condenado dos veces; una por su elección sexual y otra por menospreciar el valor su vida. El propio magistrado, sorprendido frente a la frialdad del acusado, exclamó: “Yo no he escuchado una sola disculpa” y agregó: “Usted nunca podrá borrar el dolor que ha causado”.
30 días y 300 horas es el alcance de la condena establecida por un jurado popular que lo encontró responsable de intimidación, invasión de la privacidad, obstaculización de la investigación y soborno de testigos. (Con el fatídico detalle que todas estas situaciones no terminaron en la depresión de un joven, sino en su muerte).
“Gordo”, “tonto”, “feo”, “homosexual”, son solo algunas de las expresiones que emiten pequeños y adolescentes a modo de agresión. A la lastimosa situación de tener que padecer reiteradas agresiones, lejos de ser erradicadas a medida que las sociedades avanzan (entendiendo la idea de progreso en su sentido más saludable) se perfeccionan y masifican a través del uso de herramientas tecnológicas.
Los vehículos que posibilitan, amplifican y potencian estas situaciones de acoso cibernético (o cyberbullying) están al alcance de todos y son herramientas que forman parte del quehacer cotidiano de los jóvenes. Los reiterados casos de hostigamiento, presión psicológica y emocional, suicidios y otras patologías y sintomatologías que se evidencian a partir de la utilización de algunas nuevas tecnologías, deberían generar de inmediato un plan de acción desde la escuela, la familia y las autoridades para poner punto final o comenzar a paliar estos acosos.
Educar en la tolerancia y la diversidad ha sido un desafío constante para las sociedades en todo el globo. Por supuesto que el foco no debe ser puesto en la tecnología, ya que que ésta solo pone en evidencia una situación penosa que nace y existe de manera independiente a ella. La educación no está haciendo bien su trabajo. No es admisible que pasados 12 años del siglo XXI, los seres humanos no hayamos logrado alcanzar el estadio básico de la tolerancia y muchos menos aceptable es que nuestros hijos estén muriendo por esto. Se quitan la vida porque no pueden tolerar su propia existencia, que ha sido desvalorizada desde el afuera, humillada por su círculo más cercano.
Profundo dolor que silencia la sociedad. Se presta atención a los jóvenes para hostigarlos, se los ignora para ayudarlos.
Que equivocada se presenta la idea de progreso cuando se plantea en términos de avances tecnológicos. Cuan nocivo resulta si lejos de lograr la plenitud en los variados aspectos de la vida se la padece.





