Por Emilio Palacio
STEVE JOBS FUE EL INTEGRANTE MÁS DESTACADO de un grupo de científicos y técnicos que en el último medio siglo cambiaron radicalmente la manera en que los seres humanos podemos acceder al conocimiento, a través de teléfonos inteligentes, tabletas, nubes informáticas, computadoras portátiles y otros dispositivos conectados todos entre sí.
Se trata de un cambio tecnológico, por supuesto, pero sería equivocado verlo solo o principalmente desde ese ángulo. Jobs mismo sabía que su fuerte no era el aspecto técnico-científico. Abandonó la universidad porque sus intereses no se reducían a las fórmulas, los circuitos y los lenguajes digitales. Le interesó más el arte de la tipografía, por ejemplo, que profundizar ecuaciones topológicas.
Algunos lo acusan, por ese motivo, de “copión”. Están completamente equivocados y al mismo tiempo tienen toda la razón.
Jobs no inventó el mouse o ratón, ese aparatito indispensable para ingresar al sistema. No tuvo ninguna participación en el nacimiento de internet o los teléfonos celulares. Su nombre no aparecerá en la historia de los diminutos componentes sin los cuales no existirían las tabletas. Y no hablemos de las redes sociales, a las que nunca dejó de mirar con desconfianza.
Pero lo que Jobs sí hizo fue encabezar el esfuerzo de juntar todos esos componentes, y muchos más, hasta convertir esa suma de decenas de nuevas tecnologías, que no dejan de emerger, no en una computadora bonita o un teléfono simpático, sino en un sistema de comunicación directa de doble vía, independiente, cuya esencia es darle un poder increíble al ciudadano de la calle.
Hay que insistir en que Jobs no fue el único autor de esta extraordinaria transformación, pero sí uno de sus principales estrategas y quien más empujo para hacerla realidad.
No es la primera vez que asistimos a uno de estos terremotos en los métodos del conocimiento, la comunicación y el aprendizaje. Johannes Gutenberg no inventó la imprenta sino los chinos, pero convertir a la imprenta en el componente fundamental de un sistema de edición para que por primera vez decenas de personas pudiesen leer el mismo texto, sí fue obra de Gutenberg, y bien que lo recordemos por eso. Jobs fue el Gutenberg de nuestro tiempo.
Pero hay más. En estos días fue inevitable recordar también que a Jobs lo despidieron de la empresa que fundó, solo por defender sus puntos de vista, y desterrado de su propia tierra, siguió defendiendo lo que amaba, y así pudo volver como triunfador. Espero que mis hijos se inspiren en ese ejemplo. Pero qué digo, espero poder hacerlo yo también.
SIN EMBARGO, TODAS LAS MEDALLAS TIENEN DOS CARAS, y esta no es la excepción.
Resulta extraordinario sin duda que los ciudadanos del mundo podamos comunicarnos ahora desde cualquier lugar del planeta, parados en la acera de una ciudad que no conocemos, para tener acceso a un mapa, un policía, un centro de salud, un taxi o lo que sea (siempre y cuando el país funcione, por supuesto, lo que no siempre ocurre), y que desde la misma esquina podamos opinar sobre el gobierno o sobre la película que acabamos de ver, y que cientos de miles se enteren de nuestra opinión.
Podemos usar esta herramienta tan poderosa para el bien o para el mal, para organizar el derrocamiento de tiranos como Muamar el Gaddafy, o para amenazar de muerte a periodistas disidentes, pero así ha sido siempre con la tecnología, nosotros decidimos, no ella, cómo emplearla.
¿Pero qué tal si, para evitar esos excesos, alguien decidiese controlar la red comunicacional? ¿Qué tal si una sola corporación reuniese todas las llaves de todos los candados del sistema, el iPad, el Blackberry, Windows, Twitter, de tal manera que para ingresar o salir, necesitemos su consentimiento. “O eres de Mac o estás fuera”. ¿Espantoso, no es cierto?
Jobs estaba conciente de ese peligro en el sistema, pero lejos de evitarlo, insistió en fortalecerlo. Estaba tan enamorado de la idea de un sistema perfecto, con cada pieza cumpliendo su tarea en el lugar por él dispuesto, que se volvió intolerante ante lo distinto. Odió hasta el final de sus días RealPlayer, no sin motivos (por la mala calidad de sus reproducciones y la falta de ética de su fabricante), pero entonces nos condenó a sus usuarios a no tener acceso a videos en ese formato en sus tabletas y teléfonos inteligentes.
¿No habrá habido también algo de avaricia en esa obsesión monopólica?
Afortunadamente, el sistema sigue abierto. Puedes usar el iPad, pero eso no te impide prescindir del iPhone. Con un Blackberry en ciertos casos es posible incluso que te vaya mejor, sobre todo si tienes los dedos resbaladizos. La combinación del viejo Word de Microsoft en una iMac es mi escenografía favorita para escribir. El mundo Mac atrae, pero por sus virtudes y no porque haya podido encadenarnos o expulsar a sus adversarios. La diversidad y la competencia siguen cumpliendo su trabajo, con todas sus desgracias y virtudes. De tal manera que esta parte desagradable del legado de Jobs, afortunadamente, pesa muchos menos que sus aportes al progreso humano.
PERO MUERTO EL REY, VIVA EL REY. El peligro de que el nuevo sistema de comunicación que Jobs ayudó a construir se convierta en algún momento en una terrible cadena que encierre la libertad de los seres humanos aún existe, sin embargo. Las grandes corporaciones por el momento no pueden controlar internet, pero las dictaduras de China y Cuba lo hacen sin mover un músculo de la cara, y hay muchos aspirantes a imitarlos.
Esa es la amenaza actual, internet bajo control de los estados, leyes para regular la comunicación por las redes sociales, consejos “revolucionarios”, “de vigilancia moral” o de “patriotas” para que nadie diga lo que no se debe a través de internet.
Afortunadamente, la independencia del sistema tiende a fortalecerse a sí misma. Hoy un muchacho californiano puede poner en jaque (hackear, es el término apropiado ahora) a los sistemas informáticos totalitarias y así ayudar a su amigo nicaragüense a que escriba lo que piensa. Por cada ladrillo que coloquen las dictaduras para levantar su nuevo muro de Berlín, aparecerán decenas de ciudadanos anónimos que les harán un hueco de verdad y tolerancia mediante Twitter, Facebook, Skype, Google…
CUANDO SE INVENTÓ EL RIFLE DE REPETICIÓN, los norteamericanos creyeron que la guerra contra los indios piel roja acabaría enseguida, pero los indios aprendieron a disparar con la nueva arma, que se la compraron a los ingleses y franceses, y la guerra se prologó casi treinta años más. Al final perdieron los indios, pero no por el rifle de repetición sino por otras consideraciones que no se aplican a la situación actual.
Hoy, el nuevo rifle de repetición de ideas y opiniones que Jobs ayudó a construir, puesto en mejores manos, las de los jóvenes, hará maravillas. Que tiemblen entonces los tiranos. No saben la que les espera. Y eso también se lo deberemos a Steve.




